Baba corrosiva
A la memoria de Diego Villegas, náufrago de las olas y el misterio.
Las
telarañas crecen desde las vigas del techo. Multiplicados con los lustros,
estos filamentos disimulados bajo la piel han cobrado demasiada consistencia.
Hebras de hierro imperceptibles al ojo humano. Poco a poco han ganado en
herrumbre, lo que ofrece una vaga esperanza. Pero sospecho que solo algunos
hombres han podido quebrarlos. Nacen y se confunden con vellos. Uno se
acostumbra hasta que los miembros dicen a desarrollarse y ahí mismo, ¡saz!, te
percatas del asunto.
Reparé
por primera vez en los efectos a los trece o catorce años, cuando el tórax
quiso ensancharse y la fuerza de los filamentos lo impidió. Con frecuencia mi
madre tuvo que vigilar toda la noche, pues se me entrecortaba la respiración y,
con los ojos abiertos hacia el techo, padecía alucinaciones. Despertaba
sudoroso, en un sopor, sin distinguir los detalles de los objetos del cuarto.
Luego también me adapté y dormía hasta que sonaba la alarma del reloj. El
estado perenne de ahogo provocó que por más de un cuarto de siglo considerara
la asfixia connatural a la especie humana. De niño cuando me faltaba el aire pilotaba
aviones en el balcón.
Otro
cambio brusco ocurrió al cumplir los veintitrés. Por entre la abertura de las
sandalias comenzó a brotar un sudor viscoso y abundante. Tras un análisis
minucioso advertí que salía de los poros. Ninguna lesión. El dermatólogo dijo
que el fenómeno era causado por trastornos hormonales. Contuve mucho tiempo esa
sustancia y era normal entonces segregarla con tal profusión. Desde la fecha
usé zapatos cerrados y siempre llevaba varios pares de medias en la mochila. Me
costó habituarme, sobre todo, evitar que los colegas de la oficina lo supieran.
Cada dos horas iba al baño, cerraba con pestillo la puerta y me cambiaba los
calcetines. Al inicio vomitaba durante el aseo; boté muchos pares empapados de
baba; más tarde conseguí lavarlos sin que se descompusiera el estómago. Con la
punta de los dedos me sacaba las medias. Parado sobre un periódico puesto
previamente en el piso delante del lavamanos, alzaba las piernas hasta poner
los pies bajo el grifo. Quince minutos cada uno. La baba adensaba el agua. La
sustancia viscosa cobraba fluidez e iba desapareciendo. Afortunadamente aquella
baba incolora no despedía fetidez. Las medias húmedas iban a parar a una bolsa
de nailon que luego colocaba en los bolsillos laterales de la mochila.
Regresaba al buró y me convertía en blanco de bromas que cesaron al cabo de los
meses. No han sabido por qué interrumpo tan a menudo el trabajo.
El
año pasado matriculé un curso de controlador aéreo. Lo frecuento después de la
oficina. El grifo del baño no funciona; envuelvo las medias chorreantes y las
lanzo al cesto. Mi discreción mantiene la anomalía oculta. A las nueve de la
noche finalizan las lecciones. Camino hasta la casa. Más de una vez he perdido
la suela de los zapatos en la calle. Después de una jornada de humedad, esas
tres horas que les añado ponen el cuero esponjoso y con el movimiento las
puntillas se desprenden.
Al
arribar a casa mi madre está en la puerta, toma la mochila y corro al cuarto de
baño. La tina con el agua fresca me acoge durante una hora; luego, directo a la
cama. Las almohadas a medio metro de la cabecera, así los pies quedan fuera del
colchón, justo debajo de ellos una palangana recoge los fluidos nocturnos.
Durante
este período la baba no se ha contenido. Las prescripciones médicas no sirven
de mucho; refieren una enfermedad que, con seguridad, no es la que padezco. La
baba corrosiva me ha modelado desde que nací. Todas las células sobresaturadas
de un líquido transparente y continuo. Rituales y disciplina. Seis y media de
la mañana, estanquillo de periódicos, medias, mochilas y buró. Aunque el endocrinólogo afirma que es un
padecimiento común, no advierto ningún síntoma en la gente que me rodea. Minuto
a minuto redoblo la discreción. Hasta las ingles y las axilas han comenzado a
despedir el líquido viscoso. Estoy al concluir el curso de controlador aéreo,
ni siquiera he avisado al doctor de las nuevas emanaciones. Mi madre me procura
paños que coloco debajo de los brazos y en el calzoncillo.
Esta
mañana el vendedor de periódicos se inclinó por el mostrador y con una voz
oracular susurró que me había convertido en un ser demasiado taciturno. Asentí
con los ojos. Según las estadísticas del doctor, después de los veinte aquí
todos segregan ese líquido acumulado en el cuerpo durante la infancia y la
adolescencia. Quizás cada uno se cuida con mucho celo, dice mi madre con el
ceño fruncido y los ojos pasando por no sé qué nube. De cuando en cuando dejo
caer los párpados, veo dentro de mí una silueta ínfima y oscura que trastabilla
y se ensordece en un raudo crescendo.
Extiendo las manos y palpo superficies
mórbidas e inconsistentes como mis propios músculos. En el acto percibo el aura
de cosas desvanecidas o por desvanecerse.
“Te
sentaste en una silla mohosa”, me dijo Enrique esta tarde cuando salíamos de la
oficina. Hice un gesto con el rostro para darle las gracias. Oxidé las barras
de hierro. “Es que sudo mucho”, contesté con un tono tan superfluo como la
propia frase. Vine directo para la casa. Con la camisa abierta me paré frente
al espejo y noté las franjitas amarillas que se han ido perfilando con nitidez
en torno a la camiseta. Tiré la ropa al sofá, alcé los brazos, la baba,
bermeja, se deslizaba por las costillas. Una contorsión a la derecha y otra a
la izquierda. Los filamentos crujieron con un sonido seco. Un golpe leve de
partículas de hierro oxidado resonó cuando cayeron al piso. Algunos hilitos
pardos se me ensortijaron en el pecho. Por un momento consideré que si algún
significado tenía la libertad era el de quebrar los filamentos oxidados. Modo
pueril de sintetizar los fenómenos, de definir las cosas. Delante del espejo
del baño comencé a raparme la cabeza. Las protuberancias que creí venas debajo
del cuero cabelludo son filamentos que emergen del cerebro y se extienden por
todo el cuerpo. Los que crecen en la superficie se quiebran por la acción de
las segregaciones. Los más consistentes no ceden con facilidad y a medida que
se desarrollan comprimen el cerebro.
Deslizo
la navaja por el cráneo y a estas alturas me conformo con ver volar los pájaros
enjaulados que tengo en el balcón. La baba corrosiva siempre ha sabido cómo
seducir. Los filamentos que reptan entre célula y célula van formando tejidos,
entramados sutiles que cubren la córnea como una carnosidad invisible; las
partículas de metal permean los olores y los sabores, y los sonidos se transforman
en chasquidos herrumbrosos cada vez más lejanos. Cuando adviertes el modus
operandi te has convertido en un hombre que vela las madrugadas desde el
balcón, con el esófago atiborrado de esa podredumbre de baba y filamentos y un
lirismo artificioso que no consigues destruir. Se te ocurre que mirando el vacío
encontrarás una respuesta. Buscas durante años en las telarañas y los cables
que cuelgan del techo. Resulta que un día descubres una viga, al parecer resistente,
que no habías visto, que soporta tu discurso. Hundes el pecho en las olas
azules mientras atas la cuerda. Forcejeas entre el denso
acrílico. Te impulsas para coger aire por encima de las crestas de las olas,
pero por más que mueves los brazos, tan alto no puedes saltar. Sabes que es un
acto de renuncia. Lanzas desde el balcón tus aviones de juguete como quien
lanza una botella al mar. Te sientes derrotado. Con otro salto te hundes para
siempre en el misterio de las ondas, con la vaga esperanza de que los otros
puedan por lo menos convertirse en náufragos.
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