De Historia Universal de la Infamia y la Divina Comedia: un momento como cifra de una vida
De Historia Universal de la Infamia y la Divina Comedia: un momento como cifra de una vida
En el prólogo a Nueve ensayos dantescos, Jorge Luis Borges escribe: “La novela de nuestro tiempo sigue con ostentosa
prolijidad los proceso mentales: Dante los deja vislumbrar en una intención o
en un gesto”.[1]
En Siete noches, también sobre el
mismo punto: “Una novela contemporánea requiere quinientas o seiscientas
páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le
basta un solo momento. En ese momento el personaje está definido para siempre.”[2]
Esa reticencia -declarada en numerosas
ocasiones- ante la novela de fines del XIX y de la primera mitad del XX, a la
luz tanto de su obra de ficción como de su obra crítica, revela no tanto el
rechazo absoluto de los grandes autores de la novela psicológica[3], como el propósito
vindicativo de la literatura fantástica y policíaca, y, en general, de la novela de peripecias (“de argumento”),
frente al desdén de posturas que negaban sus posibilidades de recepción en el
siglo XX[4]. Manifiesta el reproche a
la producción narrativa de autores contemporáneos (“rezagados discípulos de los
rusos”) que, por la pretendida plasmación “escrupulosa” de la realidad, en el
Viejo y en el Nuevo continente, construyeron sus textos con fórmulas de “la
mera verosimilitud sin invención”[5]. De manera que la
connotación conferida a la “precisión” y eficacia dantescas al configurar los
personajes, valida no solo al poema del italiano, sino a géneros entonces
alternativos; devalúa la incontinencia verbal de las directrices en boga,
cuando provocaba páginas de lugares comunes muy al alcance de la mano; y exige
para cualquier género la única condición del rigor escriturario.
En correspondencia con sus criterios
estéticos, Borges evalúa en Dante el modo sutil con que el poeta nos hace
conocer los estados emocionales de los personajes; en el prólogo a Nueve ensayos dantescos, ejemplifica lo
anterior con algunos pasajes del Infierno
y otros del Purgatorio: Infierno: a) III, 124; b) IV, 39; c) V,
129; Purgatorio, d) III, 34.
a)
Infierno, III, 124: los versos que dan cuenta de la mudanza en el parecer
de las almas mientras cruzan el Aqueronte:
todos pasan el río diligentes,
pues los empuja la eternal justicia
que en ardor cambia el miedo
de sus mentes.”[6]
b) Infierno,
IV, 39: Virgilio le comunica que él, un ilustre de la antigüedad pagana, que
aun sin haber pecado debe permanecer en el primer círculo infernal en un
perenne “anhelar sin esperanzas” porque murió antes del cristianismo, y Dante
conmovido le interroga:
“Dime, maestro mío, di,
señor,”
…………………………………
“¿franqueó por su mérito este
muro,
o por el de otro, alguno y se
ha salvado?”[7]
c) Infierno, V, 129: Francesca responde a
Dante cómo supieron de sus amores y le dice que antes de saberlo permanecían
solos pero sin suspicacias: “soledad sin sospechas la nuestra era.”[8]
d) Purgatorio, III, 34: requeridas por
Catón las almas congregadas alrededor del cantor Casella –entre ellas los dos
viajeros-, continúan la marcha y Dante, al ver una única sombra proyectada, la
suya, teme que Virgilio le haya abandonado. El maestro le consuela al decirle
que sin su compañía, Dante no podría efectuar el recorrido, le manda que no se
maraville porque su cuerpo -el del mantuano- al darle la luz, no proyecte
también la sombra. Explica que “nuestra razón” no es suficiente para alcanzar
un conocimiento absoluto, le ejemplifica con Platón y Aristóteles, y en este
punto Virgilio “…inclinó la frente, / y más no dijo, y se quedó turbado”[9] porque se sabe uno de
ellos.
A primera vista, cada ejemplo corrobora la
vigilancia borgeana frente a ese rasgo que ya hemos referido: la presencia de
momentos textuales que acusan una sensibilidad poética capaz de infundir vigor
a la escritura; de lograr caracteres vívidos que, unidos a otros factores
estructurales, convierten a la Comedia
en una obra literaria y no en suma teológica. En efecto, el cambio de “miedo”
en “ardor” mientras se cruza el Aqueronte, la subrepticia interrogación del
personaje Dante a su maestro y la insistencia reveladora de los vocativos
(“maestro”, “señor”), la inconciencia de los dos amantes, el silencio de
Virgilio, declaran la concepción rigurosa de los caracteres y una sutileza
mayor al expresar casi pudorosamente el estado emocional intenso de los
personajes.
Un
momento como cifra de una vida
Tales demostraciones de profundidad
psicológica, de intensidad y de concisión –asevera Borges- manifiestan una de
las estrategias escriturarias de la Comedia
Estrategia en la cual se funda otra ganancia que es la de mostrar personajes
cuya trascendencia perdura más allá de los generalmente breves espacios
verbales que se les dedica. En este punto, y no sin cierta ironía, refiere que
él ha sido celebrado por un recurso semejante que empleó en su narrativa: “…he
sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media,
el de presentar un momento como cifra de una vida”.[10] El aserto evoca con
inmediatez un libro en el que este procedimiento obró como vertebrador -su
primer volumen de relatos, Historia
universal de la infamia (1935)-, y enfatiza otra de las aristas que
configuraron su poética.
En
el prólogo a la primera edición de Historia
universal de la infamia, expresa que “cree” que el libro es deudor de las
relecturas de Stevenson, Chesterton y la primera etapa de la filmografía del
austriaco Josef von Sternberg. No
obstante, resulta sintomática la analogía que se advierte entre uno de los
principios que rige la concepción de este libro de relatos (“la reducción de
la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”[11])
y ese “presentar un momento como cifra de una vida”, pues deviene, asimismo,
una de las virtudes que con mayor señalamiento reclama Borges para la Divina
Comedia. Permítase el detenimiento.
Dante, instado
por la ley del contrapasso[12],
configura los personajes de acuerdo con el recinto en que deben pagar sus
pecados los habitantes infernales y con las cornisas del Purgatorio en que
limpian sus culpas los destinados a este lugar. Así, también en el Paraíso los
seres aparecen al peregrino en las esferas que le corresponden según las
inclinaciones que tuvieron en vida. Tal relación entre pecados e inclinaciones
y el lugar que ocupan después de la muerte, condiciona visiblemente la
configuración de los seres con que el autor puebla el texto. De manera que de
cada uno se dan a conocer aquellos rasgos más característicos, y las acciones a
las que estos los condujeron, siempre en función del sitio en que han sido
ubicados.
De forma sucinta
u obrando con un mayor espaciamiento, el autor presenta de diversos modos los
múltiples personajes. Unas veces, como en el primer círculo infernal, basta con
una enumeración de nombres que, a pesar de aparecer solo enumerados, no son
extraños al lector porque figuran ya en su imaginario cultural:
Sócrates
era, con el gran Platón,
al
que más al maestro se acercaba;
Demócrito,
que al mundo cree ilusión,
Diógenes, Anaxágoras y Tales,
Empédocles, Heráclito y Zenón[13]
Otras, se trata
de ilustres personajes que protagonizan un canto o más en la Comedia y
de los que conocemos en detalles los últimos hechos de su vida terrena: allí lo
corroboran, por ejemplo, Francesca y Paolo (canto V) y Ulises (canto XXVI) en
el Infierno.
Además de la
mayor o menor extensión que se les dedica en el espacio textual, resaltan las
variadas estrategias que emplea el autor para mostrarnos los personajes. Con
frecuencia alguno da las señas de sus compañeros, como es el caso de Sordello
en el canto VII del Purgatorio, que informa a Dante sobre una serie de
monarcas que reinaron en el siglo XIII[14].
Este modo de presentación se alterna con la declaración de los propios
personajes después de ser interrogados por uno de los viajeros, o las
secuencias de diálogos en las que varios personajes intervienen a la vez –uno
de los pasajes más ilustrativos en este sentido, y cuya “intensidad dramática”
ha sido destacada[15],
es la conversación entre Dante y Farinata degli Uberti, durante la cual
interviene Cavalcante dei Cavalcanti y pregunta por su hijo.
Volvamos al
“hallazgo” marcado por Borges de ofrecer “un momento como cifra de una vida” y
la funcionalidad de ese momento en el texto en que se inserta.
En Infierno,
XIII, Virgilio y Dante, después de haber sido conducidos por el centauro Neso,
arriban al segundo recinto del séptimo círculo, donde penan los violentos
contra sí mismos. Allí aparece la conocida selva poblada por árboles, donde los
troncos albergan almas que en vida se despojaron del cuerpo al suicidarse. Allí
encontramos a Pier Della Vigna[16],
a quien Dante –por orden de Virgilio y para que el florentino advierta la
naturaleza de ese bosque- arranca una rama y conoce que estos “endrinos
follajes” en otro tiempo fueron hombres. Después de hablar con Della Vigna,
ocurre el episodio de la persecución por una jauría a dos dilapidadores que han
venido a esconderse en el bosque. El árbol en cuyas ramas se ha escondido uno
de los dilapidadores sufre las embestidas de las fieras mientras atacan al
perseguido. Dante y Virgilio escuchan los lamentos y se dirigen al árbol:
Cuando
el maestro se encontró a su vera,
Dijo:
“¿Quién fuiste, que por tanta herida
sangre
exhalas con tu habla lastimera?”
“Ánimas que venís”, con afligida
voz
nos dijo, “a mirar el vergonzoso
estrago
de mi fronda así esparcida,
recogedla
del césped enojoso.
Yo
fui de la ciudad que hizo al Bautisata[17]
su
patrono, en lugar del que, celoso,
ahora
y siempre con su arte la contrista;
y
a no ser porque de Arno sobre el puente
alguna
parte suya está a la vista,
al fundarla de nuevo aquella gente
la
hubiera edificado toda en falso
donde
Atila dejó ceniza ardiente.
Yo
levanté en mi casa mi cadalso.[18]
[Infierno, XIII, 137-151]
Virgilio
interroga al personaje y este les informa sobre la ciudad de la cual procede,
algunos datos históricos de ella, la atmósfera de congojas en que ha estado
inmersa Florencia y, finalmente, cómo ha muerto (“Io fei gibetto a me delle mie
case.”[19]).
El sujeto ‘io/yo’ y ese ‘a me’ que Crespo traduce como posesivo que modifica a
‘cadalso’, enfatizan el hecho de que se ha dado muerte a sí mismo. Este acto
último, es el que, precisamente, define su lugar de penitencia en la topografía
dantesca.
Uno de los
pasajes en que a Dante –y al lector- le son mostrados los personajes por otra
figura de la diégesis es el de Infierno, XX. Ya en el octavo círculo
(Malebolge, con los diez fosos en que son castigados los fraudulentos), llegan
al sitio donde moran los adivinos, IV foso. Dante -conturbado ante la forma que
tienen aquellos seres, que llevan torcido el rostro hacia la espalda- se
aflige, Virgilio lo requiere y le comienza a mostrar connotados adivinos, entre
ellos, Tiresias. Luego, y con trazos más rápidos:
Ese
otro cuyo flanco es tan estrecho
Miguel
Escoto[20]
fue, quien ciertamente
mágicos
fraudes cuando vivo ha hecho.
Mira a Guido Bonatti; mira a Asdente,
que ahora querría el cuero y el bramante
manejar, pero tarde se arrepiente.[21]
[Infierno,
XX, 114-120]
De
Miguel Escoto sus “mágicos fraudes”; de Guido Bonatti y Asdente un silencio
discursivo compensado por el marco contextual en que aparecen. De Asdente,
además, que, viendo el estado al que lo han conducido sus “artes mágicas”,
hubiera deseado permanecer en el oficio de zapatero. En dos tercetos, son
presentados tres hombres y de ellos las labores por la que se les confina al
octavo círculo infernal. Quienes en vida pretendieron ver los pormenores
del futuro, ahora, irremediablemente, miran hacia atrás. Y así a lo largo de la
Comedia. La topografía del Infierno, del Purgatorio y de las esferas
concéntricas, guarda una relación estrecha con los actos o las cualidades que
definieron en vida a los personajes, y el autor, conforme a las exigencias de
su texto, muestra precisamente esos vicios o inclinaciones.
Borges, por su
parte, en Historia Universal de la infamia construye los relatos, que
cobran la impronta de biografías, en función de algún rasgo específico
que caracteriza al protagonista. “El atroz redentor Lazarus Morell” y “El
asesino desinteresado Bill Harrigan”, por ejemplo, comienzan con el regodeo en
las circunstancias que previsiblemente engendraron el destino (esa “infinita
operación incesante de causas entreveradas”[22])
de los antihéroes. Una vez salidos a escena los protagonistas de ambos relatos,
los pocos hechos narrados giran en torno a la socarronería, a la astucia
inescrupulosa de Lazarus Morell, en el primer cuento; y a la desmesurada
jactancia homicida de Bill, en el segundo. Conforme al delineamiento de los
personajes, los relatos cierran con el término de la vida en un momento en el
que se evidencia, una vez más, la cualidad del personaje en torno a la que se
entreteje el texto. Veamos el final de “El atroz redentor Lazarus Morell”.
Morell capitaneando puebladas
negras que soñaban ahorcarlo, Morell ahorcado por ejércitos negros que soñaba
capitanear —me duele confesar que la historia del Mississippi no aprovechó esas
oportunidades suntuosas. Contrariamente a toda justicia poética (o simetría poética)
tampoco el río de sus crímenes fue su tumba. El dos de enero de 1835, Lazarus
Morell falleció de una congestión pulmonar en el hospital de Natchez, donde se
había hecho internar bajo el nombre de Silas Buckley. Un compañero de la sala
común lo reconoció. El dos y el cuatro, quisieron sublevarse los esclavos de
ciertas plantaciones, pero los reprimieron sin mayor efusión de sangre.[23]
Aquí el
narrador impugna la falta de “simetría poética” porque Morell logró escapar de
las acusaciones y todo el proceso arduo al que hubiera sido sometido por las
autoridades. En cambio, el guiño del narrador –entrevisto ya desde el título,
con el contraste entre “atroz” y “redentor”- sugiere que no hay tal asimetría,
pues Morell muere en un sitio al que lo ha llevado su astucia, su condición de
falsario, “en el hospital de Natchez, donde se ha hecho internar bajo el nombre
de Silas Bucley.” El hombre de quien ni siquiera son auténticos los
“daguerrotipos (…) que suelen publicar las revistas americanas”[24],
es presentado bajo un doble cariz desde su aparición en escena. El doblez queda
revelado desde el inicio por los dos testimonios contrarios que se ofrecen de
un mismo hecho: la predicación de Morell. Durante ella el auditorio queda
arrobado por “las palabras edificantes” y las lágrimas del predicador; luego
Morell mismo rememora cómo al azar abrió la Biblia en un “conveniente
versículo de San Pablo”[25]
y habló “una hora y veinte minutos”, pero –asegura- “[t]ampoco malgastaron ese
tiempo Crenshaw [–uno de los que trabajaban con él-] y los compañeros, porque
se arrearon todos los caballos del auditorio.”
[26]
Entonces, la circunstancia de que le llegue la muerte cuando creyó que el
encubrimiento de su identidad le salvaba, corrobora una simetría manifiesta
entre los hechos de la diégesis y la cualidad por la que se define Lazarus
Morell, ese de quien la “carencia de genuinas efigies(…), no debe ser casual.”[27]
Otro tanto
ocurre con Bill Harrigan, quien recibe una muerte y unas “ceremonias fúnebres”
dignas de alguien que se jactó frente al comisario Garrett de hacer blanco en
los hombres para practicar su puntería. Finaliza el relato:
La noche del 25 de julio de
1880, Billy the Kid atravesó al galope de su overo la calle principal, o única,
de Fort Sumner. El calor apretaba y no habían encendido las lámparas: el
comisario Garret, sentado en un sillón de hamaca en un corredor, sacó el
revólver y le descerrajó un balazo en el vientre. El overo siguió, el jinete se
desplomó en la calle de tierra. Garret le encajó un segundo balazo. El pueblo
(sabedor de que el herido era Billy the Kid) trancó bien las ventanas. La
agonía fue larga y blasfematoria. Ya con el sol bien alto, se fueron acercando
y lo desarmaron; el hombre estaba muerto. Le notaron ese aire de cachivache que
tienen los difuntos.
Lo afeitaron, lo envainaron en
ropa hecha y lo exhibieron al espanto y las burlas en la vidriera del mejor
almacén.
Hombres a caballo o en tílbury
acudieron de leguas a la redonda. El tercer día lo tuvieron que maquillar. El
cuarto día lo enterraron con júbilo.[28]
Billy Harrigan,
que después de ejecutar su primer crimen pasó a llamarse Billy de Kid, se
define por la impasibilidad con que da muerte a los hombres. Esta
característica es resaltada por el narrador en cada uno de los actos que
efectúa Billy. El temerario antihéroe “nace” en ese primer acto porque elimina
al temido Belisario Villagrán e incluso esa noche duerme junto al cadáver. Ese
día comienza la infinita serie de asesinatos. Así, con esa causalidad que se
establece en estos relatos, el rasgo más evidente del personaje, patentado en
cada uno de los actos que realiza, le deparan las circunstancias del instante
último. Su muerte es celebrada con “júbilo”. Con el mismo desdén que mostró por
sus víctimas y la complacencia morbosa que le suscitaba matarlas, ahora, en
indiscutible contrapasso, es él quien recibe las irreverencias y
vejaciones.
A esa forma de economía
verbal de los dos autores en sus respectivos textos le atañen -quizás sea
innecesaria la salvedad- sendos propósitos. Mientras Borges connota en Dante la caracterización
sucinta pero eficaz –en tanto ella denuncia las trazas emocionales,
psicológicas, con las cuales “está como entretejido el poema”-[29];
en el volumen de narraciones que mencionamos, el autor –un poco parodiando el
género biográfico tradicional y manifestando con ficciones de historias
alternativas un procedimiento que hace falible las pretensiones de la escritura
de la Historia- ofrece metonímicamente la semblanza del protagonista, a partir
de un hecho, una cualidad.
Las analogías radican en la concisión del
procedimiento; las diferencias en que el de Dante es un texto cuyos escenarios,
cuya topografía, requieren personajes volumétricos, vívidos, capaces tanto de
los extravíos como de las virtudes, para que el acabado textual no resulte un
mural de figuras hieráticas y distantes del narratario -ese al que con
frecuencia el narrador interpela con la certidumbre de que es creído-. En Historia
universal… -y no se necesitan declaraciones de principios- cada personaje
es definido por un solo rasgo (“infame”), tan manifiesto que elide cualquier
arista que le humanice.
Hemos pretendido la conjunción, por un lado, del delineamiento de caracteres y la intensidad que se logra aun cuando el espacio verbal dedicado no sea extenso, según advierte Borges en la Comedia; por otro, la revelación de una “vida” a partir de un solo rasgo (develado en “dos o tres escenas”). La semejanza, como se ha declarado, radican en el movimiento conciso. Por otra parte, el recurso de “presentar un momento como cifra de una vida” que Borges celebra en Dante y por el que confiesa que él mismo ha sido admirado, es notorio, en efecto, en los libros de cuentos que mayores encomios han proporcionado el autor de El Alehp.
[1]
J. L. B.: Nueve ensayos dantescos.
Ed. Emecé, Buenos Aires, 1999, p.13.
[2]
J. L. B.: Siete Noches, en: Obras
Completas (1975-1985). Emecé Editores, p. 213.
[3] En fecha temprana
[Barcelona, 3 de marzo de 1921] en una carta al escritor español Jacobo Sureda,
expresó, no sin cierta efusividad: “Mañana temprano te certifico un ejemplar de
Crimen y expiación de Dostoievski que
compré esta mañana. Escríbeme lo que de él piensas. Para mí, es la mejor novela
que se ha escrito jamás…” [Jorge Luis Borges: Cartas del Fervor. [Correspondencia con Maurice Abramowicz y Jacobo
Sureda (1919- 1928)]. Ed. Galaxia Gutenberg, S.A., Barcelona, 1999, p., 193.]
En su obra crítica pueden rastrearse sus comentarios favorables a los grandes
escritores de la novela de finales del XIX e inicios del XX.
[4]
Véase en este fragmento de una reseña a La
invención de Morel (1940), por ejemplo,
cómo esa “reticencia” es empleada
para validar un género visto con reservas por el lector más académico: Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos
desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una
novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y
Gasset ‑La
deshumanización del arte, 1925‑ trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en
la página 96, que «es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de
interesar a nuestra sensibilidad superior», y en la 97, que esa invención «es
prácticamente imposible». En otras páginas, en casi todas las otras páginas,
aboga por la novela «psicológica» y opina que el placer de las aventuras es
inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aun
de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy
Casares) creen razonable disentir. Jorge Luis Borges: “Adolfo
Bioy Casares. La invención de Morell.”,
en Obra Crítica. Volumen II, pp.,
45-46. http://www.librodot.com
[5] Ibídem, “José Bianco. Las ratas”, p.,
44.
[6]
Dante Alighieri: Comedia. (Traducción
de Á. Crespo), p., 67.
[7]
Ibídem, p., 68.
[8]
Ibídem, p., 78.
[9]
Dante Alighieri: Purgatorio, en: Comedia. (Traducción de Á. Crespo), p.,
244.
[10]
J. L. B.: Siete noches, en: op. cit.,
p., 213.
[11]
Jorges Luis Borges: Historia universal de la infamia (1935), en: Obras Completas, Emecé, 1974, p., 289.
[12]
Ley del contrapasso: “(…) estipula
la correspondencia entre pecado y castigo –la culpa puede ser análoga o
contraria a la punición-…“ [En el Purgatorio]
“(…) se mantiene en activo la
llamada ley del contrapasso, ya vista
en el Infierno, y que supone la
correspondencia entre el pecado y la pena purgatorial. La expiación, no
obstante, es mucho más compleja que el mero castigo aplicado a los condenados del
Infierno, pues en el Purgatorio se medita sobre ejemplos de
virtud opuesta a la del pecado de que se trate, y esta meditación es propiciada
por representaciones visuales. Además, se acompaña con la entonación de un
cántico religioso que impetra la gracia y benevolencia de Dios.” Mayerín
Bello Valdés (Texto inédito).
[13]
Dante Alighieri: Comedia. (Traducción
de Ángel Crespo), p., 71.
[14]
Nota 90, p., 334, de la Edición Cátedra de la Divina Comedia. Con traducción y notas de Luis Martínez de Merlo.
[15]
Al respecto puede verse: Mayerín Bello Valdés: “Lectura del canto X del Infierno”, en: Algunas respuestas a sutiles esfinges, Ed. Unión, 2007.
[16]
Se Transcribe la nota que dedica Ángel Crespo a esclarecer la referencia
histórica del personaje: “El condenado es el poeta Pier Della Vigna,
protonotario de la corte del emperador de Federico II y el más íntimo de sus
consejeros. En 1248 fue acusado de traición y encarcelado. Se suicidó, al
parecer, golpeándose la cabeza contra la pared.” Nota 59 en la traducción de
Ángel Crespo a la Divina Comedia, p.,
114.
[17]
Según notas de Á. Crespo y L. Martínez de Merlo, en las ediciones citadas (pp.,
116-117 y 155-156, respectivamente): el personaje de este fragmento, apunta
Merlo, puede ser quizás un florentino de nombre Rocco di Mozzi. Florencia fue
la ciudad que tomó como patrón a San Juan Bautista. Quien ahora “la contrista”
es el antiguo patrón, Marte, celoso por la sustitución. La “parte” de Marte que
todavía está visible, es una estatua de la que aún permanecían restos.
[18]
Dante Alighieri: Comedia. (Traducción
de Ángel Crespo), pp., 116-117.
[19] Dante Alighieri: Inferno, en: Commedia (Ed. en lengua original.), p., 207.
[20]
Según notas a los versos 116, 117, 118, p., 153, de la traducción de Ángel
Crespo: Miguel Escoto “científico y filósofo escocés que vivió en la primera
mitad del siglo XIII y fue Astrólogo del emperador Federico II” (116). Guido
Bonatti: “vivió en la corte de Federico II. Escribió un tratado sobre los
astros.”(118). Asdente, zapatero de Parma.”Se dedicaba a las artes mágicas y
pretendía predecir el futuro.”(118).
[21]
Dante Alighieri: Comedia. (Traducción
de Á. Crespo), p., 153.
[22]
J. L. B.: Historia universal de la
infamia, en: op. cit., p., 304.
[23]
Ibídem, p., 300.
[24]
Ibidem, p., 297.
[25]
Ibídem, p., 297.
[26] Ibídem, p., 297.
[27] Ibidem, p., 297.
[28] Ibídem, p., 319.
[29] J. L. B.: Nueve ensayos dantescos, op. cit., 1999, p.,12.
Comentarios
Publicar un comentario