VII. La madeja

                                                                

                                                                                              




Curso inicial para la formación de profesores de ELE.

Instituto Cervantes.

Arassay Carralero


Varias semanas antes de nuestra partida las tejedoras de la aldea habían comenzado a confeccionarnos algunos de sus indumentos tradicionales. Lo último en tejer fue un tapiz. En el centro, a petición nuestra, colocaron la imagen de la Luna seguida en una ronda por Tío Dodoro y cada uno de los niños que vivimos juntos durante aquellos años. Los bordes del tejido crecieron día tras día con episodios de la vida del poblado, desde su periodo nómada. A mitad de la labor se acabó el hilo y las fuertes tormentas de arena de la temporada impidieron a los comerciantes salir en busca de las madejas.

A media noche caminamos hacia la estepa y velamos sobre la acacia el paso de la Luna con la esperanza de que nos pudiera ayudar. Prometió traernos hilo lo antes posible.

Los vientos, después de un par de semanas, consintieron a los aldeanos retomar la vida fuera de las cabañas. Teníamos ya la cita para enrollar los grandes conos de las tejedoras. La Luna lanzó la punta de una madeja y, mientras giraba despacio, los hombres enredaron el hilo en el tronco del enorme baobab que crecía en una esquina de la plaza.

Llenos de sudor y agotadísimos terminaron la faena. Dos horas duró la operación y de dos metros creció el diámetro del tronco del baobab. El resto de la madrugada la pasamos llenando los conos de diferentes colores.

***

La carta de Tío Dodoro llegó cuando la alfombra estaba por terminarse. Marta, Eugenio y él habían hilado durante largas jornadas y desde los acantilados lograron convertir la Luna en un gigantesco ovillo. Inicialmente ella se lamentó porque todas aquellas capas de hilo la cansaban demasiado mientras se desplazaba, pero al pasar cerca del polo norte sonrió para sí y disfrutó el calorcito que le ofrecía la lana. Tío Dodoro, que conocía ya la aventura, nos escribió también si era posible tejer un suéter a la Luna.

Enseguida respondimos la carta y describimos la hermosa imagen de la Luna al desnudarse de todas aquellas capas de hilo que iban convirtiéndose en los anillos del baobab. (Un pastor que caminaba hacia la aldea vio desde la estepa una gran clepsidra que dejaba caer la arena en un ángulo de la plaza.) Las tejedoras aceptaron con alegría el pedido del suéter. La Luna regresó por segunda vez a la aldea y, girando al compás de los tambores, desenredó la madeja.

Lo del segundo viaje nos lo contó ella años más tarde, pues para esa fecha ya nos habíamos ido de África.




* Del libro Tío Dodoro y la  Luna [En proceso de edición por Diana Edizioni]. “Desenredar la madeja.” En el texto aparece con el significado literal.

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